SANTIAGO DE CUBA: CIUDAD PARA HÉROES
Reynaldo García Blanco
Todas las ciudades, como los hombres, tienen un misterio, que ellas mismas ignoran. Un modo de caminar, un gesto, una manera de respirar. Son los arcanos que la impronta del recién llegado o la del viajero impertinente permiten redescubrir o dar por sentado que todos los días se pueden fundar un Ayuntamiento.
Llegué a Santiago de Cuba por primera vez en septiembre de 1987. Los poetas León Estrada, Odett Alonso y Alfredo Quintana me habían cursado una invitación para un Festival de Poesía que de un golpe logró reunir a muchos creadores de la llamada generación del 50 y a los más bisoños que a inicios de los 80 comenzábamos a urdir las armas de las palabras a falta de fusiles. Fue una especie de conspiración. Vine acompañado de los poetas Alberto Sicilia, Rigoberto Rodríguez Entenza (Coco) y el pintor Hermes Entenza que viajó de polizonte. Llegamos a media noche. Una máquina de alquiler de los años 50, a un precio ahora sospechosamente módico, nos llevó hasta el reparto Vista Alegre a dejar los equipajes y luego al centro de la ciudad.
Encontramos de inmediato un bar de nombre majestuoso Kon- tiky. Allí entablamos conversación con una mujer y dos hombres. Ella y el más joven resultaron ser hermanos. Una especie de Quentin Compson y Caddy esa pareja trágica de El sonido y la furia, de William Faulkner. El otro, el de los ojos grandes y vidriosos por el alcohol o las luces del local dijo llamarse Silvio Fonseca. Nos dio las preliminares de una ciudad de la cual no sospechaba que me quedaría por más de veinte años.
Asistí a mi primer amanecer santiaguero en el balcón de Velásquez. Allí nos encontramos con una parte de los habaneros que venían para el Festival. Llegaban bajo la sombra tutelar de Basilia Papastamatiu: Almelio Calderón, José Antonio Ponte, Ismael González Castañer, Emilio García Montiel, Víctor Fowler y Pedro Marqués de Armas. Fueron los que dos días más tarde leyeron poemas griegos en el patio de la UNEAC.
¿Mi primera impresión de la ciudad? : Delirante, estridente, escandalosa. Yo venía de una ciudad del centro del país donde los vendedores ambulantes piden permiso a las autoridades vecinales para gritar sus pregones. En la populosa calle Heredia pregunté a un joven: Niño. Me dices la hora. Tuve que esperar por un gesto muy lento y una mirada retadora: las diez y veinte… y yo no soy un niño.
Llegaba con algunas referencias. Visitar el santuario de El Cobre y al pintor Lawrence Zúñiga. La dinámica del Festival y la prisa por detener la ciudad me impidieron encontrar a la persona adecuada para donarle un programa del teatro Aguilera, de febrero de 1916, donde la compañía de ópera italiana de J. Silingardi ofrecía Rigoletto. Para entonces un santiaguero anónimo y hospitalario me llevó al sitio donde otrora se lucieron el tenor Schiardetti y las sopranos Metta Readisch, Pagi y Fara.
Alguien me tildó de políticamente incorrecto cuando dije que Santiago de Cuba había dejado de ser Ciudad Héroe para convertirse en Ciudad para Héroes pues hay que ser un titán para vivir en ella. Otros se tomaron en serio cuando dije que había venido a Santiago para matar a Cos Causse y a Efraín Nadereau Maceo.
Vine a vivir definitivamente a esta ciudad al comenzar los furiosos noventa. Aquí me atrapó el amor y la literatura. Desde calle Iglesia, en el reparto Los Pinos salía a caminar en zigzag una urbe que paso a paso me manifestaba su magia y sus desencantos. Así descubrí un local abandonado que en los años treinta fue el cuartel general de una Logia que publicaba la Revista teosófica cubana. Por una merienda simbólica el custodio me permitió retirar varios ejemplares que han venido a incrementar mi fondo de literatura esotérica. Por azar encontré la casa donde vivió el fotógrafo de origen francés Antonio Desquirón de Saint Agnan Touyac. Así por ese deambular pude dar con la placa del dentista Dr. Buenaventura González del Pozo. Una tarde, en busca de datos para una Guía secreta de la ciudad entré con cierta solemnidad a la casa No 17 de la calle Castillo Duany donde una mañana de finales de marzo de 1914 ó 1915 se quitó la vida de un balazo el médico Manuel Jiménez Soler. Misterio, asombro y muerte en este mapa que no acabo de aprender ni de aprehender.
Tal vez una de las magias mayores que he podido encontrar en estos predios ha sido sus librerías. Con cierta codicia abro con delicadeza Tratado de billar, de Domingo Murtra, firmado A Don Emilio Bacardí con gusto y amistad. En la mítica Renacimiento he tenido varios asaltos a mano armada: Memorias de una enana, de Walter de la Mare, La vida del doctor Johnson, de Boswell, Claves para la China, de Claude Roy y con una bellísima pegatina de corte renacentista La lozana andaluza, de Francisco Delicado. Ya lo de los dos ejemplares de la revista Orígenes lo he contado en otra parte.
Delirante y mística. Estridente y aguda. Escandalosa y recatada Santiago de Cuba me cobija, me aborrece, me persigue. Yo me quito el sombrero bajo la luz del plomizo agosto y me postro a sus pies, pues como los hombres, ella tiene un misterio que ignora.




